lunes, 12 de noviembre de 2018

Micropaisajes (I)

Hoy vamos a tratar el paisaje desde otra perspectiva, quizás algo peculiar pero a buen seguro interesante. Una especie de experimento, basado en el arte de la analogía, uno de los métodos del pensamiento lateral. Y es que al que escribe le gusta saltar de un tema a otro, relacionarlos -con mayor o menor fortuna, cosas del I+D-, disolverlos en otros y así sucesivamente, a lo homéopata trilero. Y es que la diversidad es equivalente al buen gusto; de eso sabemos mucho en España.

Vamos, pues, a examinar lo que denomino micropaisajes, paisajes vistos a través de un microscopio. Como la definición de paisaje, según la RAE, es la "parte de un territorio que puede ser observada desde un determinado lugar", también concuerda perfectamente con un micropaisaje, ya que observamos un territorio pequeñito, microscópico, desde un determinado lugar, los oculares del microscopio. Fantástico, de momento parece que no chirría, miel sobre hojuelas.

Vamos a utilizar dos páginas muy interesantes: Nikon Small World y Olympus Bioscapes, ambos concursos de microfotografía patrocinados por las conocidas empresas de óptica. Revisaremos las microimágenes más evocadoras, que nos recuerden a esos paisajes que podemos admirar en nuestra escala, la humana, en cómodos fascículos.

Comenzamos con el Nikon Small World, más concretamente con la imagen ganadora de 1996: "Doxorubin in methanol and dimethylbenzenesulfonic acid", de Lars Bech.

Doxorubin in methanol and dimethylbenzenesulfonic acid (Lars Bech)

Se trata de la alucinante imagen de una disolución de doxorubicina -un fármaco de quimioterapia- en metanol y un ácido impronunciable, observados a la luz polarizada. Al secarse la disolución en el portaobjetos, el líquido cristaliza originando diferentes patrones de agrupación así como interesantes maclas, cuyos colores varían dependiendo del giro de la luz polarizada en el microscopio de polarización. A mí me recuerda el skyline de una hipotética ciudad europea salpicada de iglesias, con un fondo de montañas cercanas: imaginación al poder.

La siguiente imagen fue finalista de la edición de 2017: "Aspergillus flavus (fungus) and yeast colony from soil", de Tracy Scott.

Aspergillus flavus (fungus) and yeast colony from soil (Tracy Scott)
Se trata de una microfoto de las filamentosas hifas de un hongo alergénico de bastante mal genio, acompañadas de una colonia de levaduras procedentes del suelo, observadas al microscopio de luz transmitida, el más común y barato. Las hifas semejan los tallos de, por ejemplo, unas rústicas amapolas, mientras que las pequeñas células de la levadura salpican, como puntitos, el fondo de la imagen, como si fuese polen. Una estampa primaveral, quizás al amanecer, de aspecto algo japonés: preciosa y evocadora.

La siguiente microfoto fue finalista de la edición de 2015, iluminada mediante la carísima técnica de contraste por interferencia diferencial (DIC): "Black witch-hazel (Trichodactylus crinitus) leaf producing crystals to defend against herbivores", de David Maitland. La hoja de una planta de la familia Hammamelis produce cristalitos de una sustancia que evita que los herbívoros se la puedan comer, y es que cada uno se defiende como puede. Parece un paisaje invernal con un cierto aire expresionista: los cristales caen de los árboles -los nervios de la hoja- hacia el suelo, el nervio principal de la hoja.

Black witch-hazel (Trichodactylus crinitus) leaf producing crystals to defend against herbivores (David Maitland)
La edición de 2013 nos brinda la siguiente imagen: "Nerve and muscle thin section", de David Ward. Se trata de un corte de tejido muscular liso, seguramente teñido mediante la técnica de hematoxilina-eosina y visto a través del microscopio de campo claro. Dentro del corte aparece un tipo especial de nervio: una neurona motora cuyo axón se ramifica en varias placas motoras terminales, una por cada fibra del músculo, permitiendo la contracción del tejido muscular. Es como un arbolillo cuyo fondo bandeado me recuerda al del Grito de Munch pero quitándole lo siniestro: un cuadro expresionista cuqui.

Nerve and muscle thin section (David Ward)
De la cosecha de 2008 tenemos esta imagen: "Mitomycin (anti-cancer drug)", de Margaret Oechsli. Al microscopio de polarización, los cristales de mitomicina, al secarse, forman un angosto cañón y un abrigo rocoso, a la izquierda, bajo la luz nocturna.

Mytomicin (Margaret Oechsli)
De 2006 nos llega "Transgenic Nicotiana benthamiana plant", de Heiti Paves. Se trata de una planta relacionada con el tabaco y utilizada como fuente de medicamentos. La imagen parece representar -aunque no estoy seguro- los pelillos del tallo o de la hoja, mediante la técnica de microscopía de fluorescencia, bastante compleja ya que necesita un costoso equipamiento.

Esta microfoto me recuerda a las luciérnagas, esos animales bioluminiscentes que hace años que no consigo ver. Como no sé si les quedan dos telediarios para la extinción total, me voy a consolar observando esta imagen tan contrastada.

Transgenic Nicotiana benthamiana plant (Heiti Paves)
De la edición de 2003 nos llega el siguiente micropaisaje: "Surface of titanium carbide crystal", de Lynn Boatner y Hu Longmire. Se trata de una cristalización de carburo de titanio, un material cerámico que se utiliza como recubrimiento de naves espaciales, por su resistencia al calor. La técnica de iluminación es el contraste diferencial (DIC). Está clara la analogía: una cercana cordillera bajo un cielo azul con nubes iridiscentes, de las que emerge una especie de nave espacial, quizás recubierta con el propio carburo de titanio.

Surface of titanium carbide crystal (Lynn Boatner y Hu Longmire)
Una última imagen para esta entrada: desde 2002 nos llega "Sheep placenta stained with India ink", de Jhodie R. Duncan. Se trata de una preparación de placenta de oveja; este oŕgano se utiliza como suplemento alimenticio con gran aporte de proteínas, según dice la publicidad del producto. Se tiñe con tinta china, de forma muy simple, para luego ser observada al microscopio de polarización. Me recuerda a una planta acuática emergiendo de un lago, bajo la luz de la luna.


Sheep placenta stained with India ink (Jhodie R. Duncan)
Como hemos visto, el microscopio no sólo sirve como aparato exclusivamente científico, también puede ser utilizado por artistas o fotógrafos. Permite adentrarse en nuevas formas de ver la realidad, abrir la mente o, simplemente, jugar. Ya lo dijo Pablo Neruda: el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.

Continuará...

PD: Haciendo caso a don Pablo, voy a jugar un poco. Coloco una preparación, de mi colección, de acetanilida. La coloco bajo el microscopio de polarización y ya tenemos videoarte:


domingo, 28 de octubre de 2018

Incursiones cotidianas: por La Peseta, la vanguardia de Carabanchel

Con la presente entrada comenzamos una nueva serie dentro de las incursiones cotidianas: paseos paisajístico-naturalista-costumbristas, a modo de libérrimo flâneur -paseante sin rumbo fijo- por el Madrid menos comercial o turístico, lo que no quiere decir que sea de menor interés. Más bien al contrario: la ciudad en la que nací, resido y pululo presenta, al ojo avezado y atento, multitud de sitios curiosos, gentes diversas y actividades callejeras peculiares, que a buen seguro harán las delicias de niños y mayores inconformistas con las simples apariencias. Empezamos, pues, por una zona nueva, periférica, de la capital: el PAU de Carabanchel, denominado popularmente barrio de La Peseta, merecido homenaje a la moneda que circuló en España tras los maravedís, reales y escudos y antes de los actuales euros.

Distancia: 7,42 km, tiempo: 2 horas 50 minutos, dificultad: nula
Salgo de la nueva y espaciosa estación de Metro de La Peseta. Frente a mí, dos interesantes construcciones efímeras: una churrería, cerrada, y un moderno aseo público, utilizable al módico precio de 10 céntimos. Por cierto, la inclusión de estos elementos en la ciudades españolas no es ninguna broma, es un asunto de salud pública que demasiadas veces se pasa por alto. Así que mi gratitud, por ello, al Ayuntamiento de Madrid; ya habrá tiempo en esta entrada para la crítica constructiva. Bordeo el cubo cristalino y me dirijo hacia el noreste, por un paseo ancho y algo desangelado que es parte de un moderno parque, con poco árbol y mucho suelo, clásico del urbanismo madrileño contemporáneo.

Al fondo se presenta un interesante edificio, al que me acerco: se trata de las 64 VPP (viviendas de Protección Pública) de los arquitectos Aranguren y Gallegos, galardonadas con el Premio COAM 2005. Como curiosidad, consta de cuatro bloques en esvástica que rodean un jardín zen, con su gravilla y sus bolos de granito, simbolizando el afloramiento de las impresiones mentales sobre el océano del inconsciente, que se logra por la práctica del zazen. Iluminación garantizada, oiga. Una serie de grandes plátanos de sombra (Platanus x hispanica) cubren, casi por entero, la interesante fachada principal del edificio, quizás queriendo rebajar el posible ego de sus autores, como manda la tradición.

Las 64 VPP de Aranguren y Gallegos (La Gaceta de Gea)
Volviendo al parque un aro de hormigón, pintarrajeado sin mucho arte, preside un inhóspito paraje con la única sombra de unas imberbes falsas acacias (Robinia pseudoacacia), bajo las que corretean, estirando el cuello, varios mirlos, Turdus merula. Completan el cuadro una fuente de dos caños, que gotea apaciblemente bajo el perreante sonido de un cercano reguetón, y unas cuantas mesas de juego colocadas a la buena de Dios, que emergen como los pedruscos del jardín zen.

Aro, fuente, mesa, socavón y basura (La Gaceta de Gea)
Enfilo hacia el ajardinado bulevar entre las calles Lonja de la Seda y Tordesillas, donde observamos más manzanas de viviendas nuevas de mayor o menor categoría. Un truco para identificarlas con propiedad: cuanta más superficie acristalada y más balcones mayor calidad, en general. Y es que lo más caro son las carpinterías, es decir, las ventanas.

Un sonoro graznido desvía mi atención: sobre el nudoso tronco de un olivo, unas cotorras argentinas (Myiopsitta monachus), bien alimentadas, miran hacia la acera contraria de la calle, donde comienzan a aparecer viviendas en bloque de dos o tres alturas, marcando la transición entre el PAU y las zonas de Carabanchel más antiguas.

Cotorras argentinas, rellenitas, sobre un bonito olivo (La Gaceta de Gea)
Llego a una rotonda y, animado por un original edificio blanco recubierto por una piel de parasoles horizontales que dan movimiento a un patrón regular de ventanas y balcones, driblo hacia la calle del Jacobeo. Alcanzo, tras la calle del Fagot, un parquecillo, de esos que tanto abundan por estos lares. Una depresión cobija un pequeño teatro dotado de un quiosco de música; entorno muy sucio, por cierto, en román paladino tiene más mierda que el palo de un gallinero. Está claro que la principal responsabilidad de la suciedad la tiene quien la emite, no quien la recoge, ya que siempre nos gusta echar balones fuera. Es la tragedia de los comunes en el ámbito urbano.

Quiosco y auditorio, al fondo la catedral ortodoxa y el edificio Bambú (La Gaceta de Gea)
 Más allá, un edificio blanco dotado de unas torres de aspecto orientalizante: se trata de la catedral de la Iglesia Ortodoxa Rumana, la primera construida fuera de Rumanía. Detrás, un bajo edificio de viviendas aplacado en pizarra, todo un lujo. De frente el edificio Bambú, obra del arquitecto Alejandro Zaera, con su recubrimiento de bambú sobre bastidores metálicos abatibles, que oculta parcialmente los entresijos vitales de sus moradores.

El opaco edificio Bambú (La Gaceta de Gea)
Reconozco que el alzado de este tipo de edificaciones suele quedar, en plano, azúcar puro, gloria bendita, parafraseando a un conocido humorista. Pero no deja de ser algo engañoso; bajo su texturizada piel se deja adivinar la humanidad en su salsa: ropa tendida, terrazas usadas como trasteros y customizaciones varias, en fin, la realidad sin ornamentos.

Me dirijo hacia el sur, atravesando una zona verde. Mientras divago mentalmente sobre la honestidad intelectual del edificio, una algarroba me da un golpecillo en la cabeza, devolvéndome al aquí y ahora. La culpable es una Ceratonia siliqua; Pío Font, en su Dioscórides Renovado, nos dice que "su corteza es astringente y su fruto laxante", aunque es mejor no probarlo.

Algarrobo y colores del otoño (La Gaceta de Gea)
Más adelante tenemos un jovial y colorido edificio de viviendas que casa perfectamente con el moderno colegio que tiene enfrente: es el Carabanchel 17, de ACM Arquitectos, algo menos secretista que el anteriormente mencionado.

Las 82 viviendas de ACM Arquitectos (La Gaceta de Gea)
Cruzo la avenida de la Peseta, con su hermoso bulevar, y me saluda un descampado con aspecto de usarse para deportes y demás fiestas de guardar así como el pinar de San José, pulmón verde de la zona compuesto de pinos piñoneros (Pinus pinea) de repoblación, con sus típicas copas en forma de paraguas. Los pajarillos cantan contra el murmullo del tráfico cercano; atravieso el pinar pisando el mullido suelo de acículas aderezado con latas aplastadas, restos de plástico y otros objetos de los que no quiero acordarme.

El huerto urbano y su espantapájaros, una gran inicialiva colectiva (La Gaceta de Gea)
Alcanzo, junto a unas grandes papeleras amarillas de estilo forestal, un curioso huerto urbano aprovechado por 100 hortelanos del barrio, dotado de multitud de matas, macetas, elementos de riego y espantapájaros mini, mientras unos molinillos fabricados con botellas de plástico giran sin cesar, recordándome a los aerogeneradores tipo Savonius. La verdad es que estas iniciativas, si están limpias y bien cuidadas, me parecen excelentes. No solo hay que ser bueno, también hay que parecerlo.

El pinar de San José (La Gaceta de Gea)
Atravieso el pinar hacia el suroeste, mietras observo urracas (Pica pica) y palomas torcaces (Columba palumbus) picoteando el suelo. En las copas de los pinos hay multitud de nidos. Un aeroplano surca el cielo, se percibe que estamos cerca del aeródromo de Cuatro Vientos, el aeropuerto más antiguo de España y escenario de multitud de hechos históricos. Hoy estamos de récords.

Cruzo la calle del pinar de San José y el paisaje cambia abruptamente, pasando del verde pinar a un agostado y sucio secarral. Un camino lleva a una pasarela que salva la autovía de circunvalación M-40, llegando al término municipal de Leganés, barrio de La Fortuna. Todo un borde, como diría Kevin Lynch en La Imagen de la Ciudad.

Llego al centro de la pasarela: a un lado, el secarral que lleva al pinar; al otro, más secarral y un desgarbado espacio industrial. Sería necesaria, en mi opinión, una conexión mejor entre los dos barrios, a menos que los hechos diferenciales de ambos sean irreconciliables, aunque no lo creo porque los madrileños, seamos de donde seamos realmente (no hace falta nacer aquí para ser madrileño), no necesitamos tanta identidad prefabricada. Tal vez un paso de fauna más ancho, ajardinado, que una el pinar con la calle Álava, ya en La Fortuna.

Secarral y pinar desde la pasarela, conexión mejorable (La Gaceta de Gea)
Vuelvo al secarral y avanzo paralelo a la M-40, hacia el este, por el descampado. Empiezan a aparecer bordillos semiocultos entre la maleza, como si fueran vías de tren abandonadas. En mi cabeza comienza a sonar el Paris, Texas, del gran Ry Cooder, banda sonora perfecta para este desolado paisaje. Subo un talud y continuo junto a una chisporroteante torre de alta tensión. Consulto el mapa: estoy, nada más y nada menos, en el Parque Lineal Manolito Gafotas, dedicado al simpático personaje de Elvira Lindo, con cuya película me reí mucho, lo confieso. Desde luego, el aspecto del "parque" concuerda perfectamente con el entorno retratado en la novela homónima, que contrasta fuertemente con los edificios de viviendas contiguos, de aspecto excelente.

Carabanchel, Texas: el ¿parque? Manolito Gafotas (La Gaceta de Gea)
Sigo por el sendero, de expansivas vistas, hasta bajar al nivel de la calle de los Morales, que remonto hasta toparme con un pequeño monolito sobre el que descansa una placa conmemorativa, rodeado de basura variopinta. Más triste, imposible.

Depresión endógena (La Gaceta de Gea)
Me dirijo hacia el parque donde iniciamos la ruta, vagando por sus calles aledañas y encontrándome con interesantes edificios, entre los que se intercalan -como las vetas de tocino en el buen jamón ibérico- pequeñas plazas ajardinadas.

Por fin llego a la parte baja del parque, donde, junto a la boca de Metro, encuentro el auditorio Violeta Parra, dedicado a la insigne cantautora chilena. Accedo al recinto y encuentro una lámina de agua sobre la que flota un enorme remolino de espuma blanquecina, girando en el sentido contrario a las agujas del reloj, como una borrasca vista desde el Meteosat. Cojo una muestra para observarla al microscopio, luego veremos qué demonios es.

Remolino en el auditorio Violeta Parra (La Gaceta de Gea)
Salgo del auditorio ascendiendo el graderío, donde encuentro unos juegos infantiles rodeados de unos muretes decorados con grafitis bastante conseguidos, aunque a uno le guste mucho más la textura del encofrado del hormigón.

Termina nuestro recorrido por una zona muy variada e interesante, que ofrece mucho más de lo que parece, con sus aciertos y sus problemillas, siempre resolubles.

Un grafiti lo resume perfectamente:


Pues eso.


PD: La muestra de agua del remolino, con su espuma, revela un crecimiento masivo de désmidos y otras algas verdes propias de las aguas ácidas. Es posible que la espuma no sea contaminación, sino una simple espuma endógena. Si algún experto pudiera corroborarlo, estaría muy agradecido.

Algas en la muestra de agua con espuma, 100x contraste de fase (La Gaceta de Gea)

lunes, 15 de octubre de 2018

Incursiones cotidianas: el jardín del cabo

Inauguramos, en la presente entrada, una nueva sección: las incursiones cotidianas. Según la Real Academia Española, una incursión es una "penetración de corta duración en territorio enemigo", lo que la diferencia de una excursión, que suele ser más larga y localizada en entornos más remotos. Por tanto, se trata de un paseo corto, de exploración mayoritariamente urbana, aunque no necesariamente en territorio enemigo, o sí. Cotidiana es porque se desarrollará en lugares fácilmente accesibles pero quizás no del todo apreciados en todas sus dimensiones posibles, como suele pasar.

Empezamos con un jardín. Pero no un jardín cualquiera: se trata del cabo de las Huertas o de la Huerta, situado en plena ciudad de Alicante. Más que un jardín es un peculiar entorno rocoso dotado de una interesante flora, utilizado por lugareños, perros y turistas como parque, con todo los positivo y negativo que este uso reporta: relajación, preciosas puestas de sol, gente en bolas, deporte, vandalismo, basura y, probablemente, algún que otro acto ilícito. Esta mezcla algo hippie me recuerda al gran Without A Net de los Grateful Dead; suena el Walkin' Blues mientras tecleo como un loco.

El castillo de Santa Bárbara, sobre el centro de Alicante, desde el cabo de las Huertas (La Gaceta de Gea)

Comienza el paseo en el extremo sur de la avenida de Niza, alias Paseo Marítimo, con sus palmeritas de turno, un interesante carril bici y la fantástica playa de San Juan. El paseo termina abruptamente donde se ubica el Monumento a los Pensionistas, una pareja que mira encandilada el horizonte, quizás calculando si la exigua pensión va a llegar para alimentar a todos los hijos, nietos, yernos, nueras y a la madre que los parió a todos.

Desde aquí nos dirigimos hacia el cabo por la orilla de la playa; al final encontramos unas rocas cubiertas por arribazones, acumulaciones húmedas o secas de restos de Posidonia oceanica, planta endémica del Mediterráneo, de gran valor ambiental y como bioindicador, que forma verdes praderas submarinas llenas de vida. Los arribazones estabilizan la playa, impidiendo la pérdida de arena por viento y oleaje.

Accedemos al cabo propiamente dicho; un ancho camino de tierra nos da la bienvenida. A la izquierda el mar, a la derecha un amplio terreno en cuesta: ralo, pedregoso, reseco, dotado de vegetación rastrera y arbustiva. Al final del camino, una ristra de viviendas adosadas de aspecto setentero se desliza hacia el mar, delimitando el terreno perteneciente al faro. Nos fijamos en la vegetación: aparece la Carpobrotus edulis, la invasora uña de gato, a la que gusta especialmente la tierra salina: es una planta halófila.

La uña de gato, invasora e ubicua en el cabo (La Gaceta de Gea)
También encontramos numerosas matas del agradable Crithmum maritimum, el hinojo marino, con sus arracimadas florecillas y sus tallos suculentos. Según el insigne Pío Font, se trata de una planta antiescorbútica, muy utilizada en Cataluña: "En ninguna parte de España, que yo sepa, son más apreciados los hinojos marinos que en Cataluña: los cogen cuando están en su mayor vigor y los ponen en adobo con vinagre, para conservarlos y comerlos en todo tiempo, y particularmente en el invierno, en ensalada, y de otros varios modos". Habrá que probarlo, sin duda.


El hinojo marino, abundante en las costas rocosas del Mediterráneo. Detrás, espinosas matas de cambronero (La Gaceta de Gea)


Completa la trilogía el cambronero, Lycium intricatum, un reseco arbustillo espinoso y frágil.

A la altura de las viviendas adosadas, el camino gira a la derecha, ascendiendo hacia las urbanizaciones que coronan el cerro del cabo. No queda más remedio que continuar de frente por una senda que dobla todo el cabo, finalizando en la cala Cantalar, donde existe una microrreserva de flora, bastante sucia, por cierto.

Vamos a efectuar un recorrido geológico por este paraíso de arenisca; extraigo de mi irrompible mochila esta ruta, cortesía de la Universidad de Alicante, alma mater de insignes investigadores, entre ellos del aspirante al Nobel Francis Mojica.

A unos 20 metros del punto anterior desciendo por las plataformas rocosas, de formas caprichosas, hasta llegar hasta la línea costera. Me sorprende un gran escarabajo negro que huye despavorido: se trata de un ejemplar del género Blaps, absolutamente inofensivo, que se alimenta de materia en descomposición.

Un escarabajo del género Blaps. Parece ser que por la forma del ovopositor se puede adivinar la especie. Si alguen lo sabe, que lo diga, porfa (La Gaceta de Gea)
En este punto -según la guía geológica- se localizan pequeños acantilados y plataformas de abrasión costera, compuestas de areniscas del Mioceno Superior.

Plataformas de abrasión compuestas de arenisca, sobre ellas abundante material fosilífero. Al fondo, la playa de San Juan y la localidad del Campello (La Gaceta de Gea)
Sobre estas formaciones se aprecia un microconglomerado fosilífero, más reciente: a simple vista se ven restos de conchas y demás huesecillos calcáreos. Sobre ellos descansa una arenilla de erosión; recojo una muestra para observarla con la lupa binocular. Se trata de una capa de sedimentos de playas y dunas fósiles del Cuaternario, de más de 100.000 años de antigüedad.

Restos de fósiles calcáreos en la capa del Cuaternario (La Gaceta de Gea)
Asciendo de nuevo al camino, donde encontramos una hermosa chumbera, Opuntia ficus-indica, mostrando sus vivos colores al atardecer.


Colorida chumbera (La Gaceta de Gea)
Sigo unos 35 metros por el camino, a la derecha, tras la verja del terreno del faro -que, por cierto, es un faro de luz blanca, de ocultación con grupos de 5 destellos, como vimos en una entrada anterior- observamos un curioso estrato laminado en forma de surco o artesa, típico de dunas convertidas en rocas por la acción del viento, denominadas eolianitas, ¡qué interesante!

Eolianitas bajo el faro (La Gaceta de Gea)
Un poco más allá bajamos hacia un mojón que delimita el dominio marítimo-terrestre, donde encontramos más eolianitas, esta vez con aspecto de esponja o termitero, denominadas rizocreciones, causadas por las raíces de las plantas sobre las primitivas dunas. Recojo el cadáver de un mosquito enorme y colorido, luego lo observaremos más detenidamente.

Rizocreciones (La Gaceta de Gea)
Junto a estas curiosas formaciones observamos una panorámica de la costa: nos llaman la atención unos dedos que entran y salen del mar, se trata de una morfología dentada causada por la erosión diferencial, es decir, el mar se ha comido las areniscas finas y ha dejado las de grano grueso, más duras y resistentes a la erosión.

Morfología dentada por erosión diferencial (La Gaceta de Gea)
Volviendo al mojón observo una planta de hojas muy verdes y lustrosas, casi bruñidas; no tengo ni idea de la especie pero me recuerda un poco a algunas plantas tapizantes de la media y alta montaña del Sistema Central.

Ni idea pero mola (La Gaceta de Gea) NOTA: Según la identificación de @DrBioblogo (Twitter) se trata de Capparis spinosa
Sigo un sendero paralelo al anterior pero más accidentado, próximo al mar. En este punto se alternan pequeños acantilados con plataformas costeras planas, parcialmente sumergidas en el mar, formando bañeras, pequeñas calas y diversos temas relacionados con el karst litoral. Veamos algunos.

Socavadura o notch, causada por la energía de las olas. Me recuerda a la célebre ola de Hokusai (La Gaceta de Gea)
La socavadura o notch es similar a una ola de piedra, valga el símil lírico. El oleaje erosiona la pared vertical del acantilado hasta reducir progresivamente su parte inferior, quedando una especie de visera.

Las plataformas de abrasión marina son superficies planas, muy agradables; dan ganas de tumbarse sobre ellas. Debido a la acción de las olas y del viento la parte de la plataforma litoral que linda con el mar se ha desgastado formando microdolinas, depresiones circulares similares a las marmitas de gigante, y pequeños lapiaces, como venas y fisuras labradas en la piedra.

Microdolinas en la plataforma de abrasión costera (La Gaceta de Gea)
En las paredes del acantilado se aprecian unas coqueras -como se dice en el argot arquitectónico, como no soy geólogo me lo puedo permitir- en la arenisca: se trata de la erosión alveolar de la arenisca, causada por la acción de los aerosoles marinos, ricos en sales, que se introducen en la roca, disgregándola.

Erosión alveolar (La Gaceta de Gea)
Observando estas formas un visitante inesperado emerge de una oquedad: se trata de un bonito opilión o araña pataslargas, que corre como si la vida le fuera en ello, cosa bastante probable. Intento bloquearle la ruta con el pie, pero da media vuelta a toda velocidad. Vuelvo a bloquearle otra vez, con la cámara compacta disparando, intentando hacerle una foto decente. Giro raudo en la otra dirección, agachado, persiguiendo a la araña de marras. Un pescador en pelotas, caña en mano, vuelve la cabeza y me mira extrañado: "hay gente pa tó", parece que piensa, parafraseando a Rafael el Gallo en conversación con el gran José Ortega y Gasset. Eso mismo pienso yo.

La mejor foto que le pude sacar al opilión (La Gaceta de Gea)
Asciendo de nuevo al camino que bordea el faro. Un poco más hacia el sur, a la derecha y arriba, diviso un gran abrigo; la guía geológica me dice que es un tafoni: el material interior, húmedo, saturado, se descomponga rápidamente dentro de la masa pétrea más seca. El viento remata la faena, llevándose los restos de la descomposición y despejando la cavidad.

Tafoni en la arenisca (La Gaceta de Gea)
Ya es casi de noche y hay que regresar. La incursión ha merecido la pena. Me pregunto ¿cuánta gente de la que pulula por aquí conoce lo que yo he descubierto gracias a la guía? Pocos, siendo optimista. En tu pueblo o ciudad siempre hay cosas interesantes, sólo hay que tener curiosidad. Lo demás llega solo, incluyendo la documentación, que es probable que se encuentre en Internet.

Por tanto, si tienes curiosidad, la exploración comienza sobre el felpudo de tu casa ¿a qué esperas?

PD: habíamos recogido arena fosilífera y un mosquito enorme, veamos lo que son.

Pequeños gasterópodos, bivalvos y restos de antozoos, en la arenilla del cabo (La Gaceta de Gea)
El mosquito gigante resultó ser una inofensiva típula, más seca que la mojama (La Gaceta de Gea)

domingo, 30 de septiembre de 2018

Arduino y el medio ambiente

Hoy me he levantado californiano, para variar. Sin garaje ni perrito que me ladre, pero con alma de geek o nerd, que quiere transformar el mundo para mejor. Por tanto, hoy voy a dejar el "que inventen ellos" -esa desafortunada frase supuestamente pronunciada por Miguel de Unamuno, y que después se ha utilizado como justificación inconsciente de los recortes en ciencia, aduciendo que los españoles somos más de letras- para otro momento. Hoy vamos a inventar nosotros, amig@s tod@s, acompañados del signore italiano don Arduino.

Mi placa de Arduino UNO, con su protoboard.
Lo primero que se preguntará el lector no iniciado en el hardware abierto es qué es eso. El sistema Arduino se basa en una placa programable (una especie de ordenador en miniatura) a la que podemos unir, mediante cables, diversos sensores, actuadores y otros componentes electrónicos (potenciómetros, resistencias, condensadores), de forma que podemos fabricarnos nuestros propios cacharros adecuados a nuestras necesidades de forma fácil y, sobre todo, muy barata. Sí, la democratización absoluta de la tecnología. Además, tampoco hace falta ser un profesional de la programación, que es, sin duda, lo que más puede acogotar al novato. Simplemente se busca el proyecto que necesitamos en internet y, a modo de receta de cocina, se ejecuta tanto la parte de montar físicamente el invento como la programación, que puede ser simplemente un corta y pega. Lo puede hacer cualquiera, de verdad: ya seas ambientalista, naturalista, biólogo, meteorólogo, científicos aficionado, amigo del Quimicefa, bloguero de flora y fauna, arquitecto en permanente crisis,  curioso inveterado, jubilado o político chungo. Incluso el que suscribe, como veremos después.

No nos detenemos más en la filosofía y funcionamiento de este sistema, ya que existen miles de referencias en la red. Nos centraremos en investigar lo que se puede hacer en relación con el medio ambiente, ese acuciante reto que, si no nos ponemos manos a la obra, nos puede borrar de la faz de la Tierra, aunque muchos políticos se dediquen a desviar la atención hacia otros asuntos mucho menos importantes. Hasta que veamos al toro de frente, por supuesto.

Vamos a pinchar un buen vinilo ad hoc: se me ocurre el Computer World de la legendaria banda de música electrónica Kraftwerk, por eso de alinearnos con la vanguardia. Además, para ordenar un poco el tinglado, nos vamos a basar en la clasificación del interesante programa Globe:  proyectos relacionados con la atmósfera, la biosfera, la hidrosfera y la malsonante pedosfera, que no es otra cosa que el suelo.

Comenzamos por la atmósfera. El primer proyecto es el más sencillo: se trata de una estación portátil de medición de temperatura y humedad ambiental. Consta de la placa Arduino UNO además de un sensor combinado temperatura/humedad, una pantalla LCD y otros elementos montados en una protoboard, una placa de montaje donde se pinchan los componentes, uniéndose mediante cables ya peladitos en los extremos, muy cómodos. En este proyecto se aprecia algo muy interesante: el reciclaje de componentes, ya que el LCD proviene de una vieja alarma de fuego. Se monta de la forma que aparece en los esquemas electrónicos, se enchufa al USB del ordenador, se copia y pega el código en el programa Arduino IDE y se envía a la placa. Ya tenemos temperatura y humedad en tiempo real.

Es más fácil de lo que parece, solo hay que seguir las instrucciones (create.arduino.cc)

Una variante mucho más compleja es este proyecto: el sensor ambiental múltiple. Utiliza la placa Arduino MKR1000, que tiene la peculiaridad de que soporta Wifi. Como sensores hay de todo: uno de rayos y relámpagos (lo flipo: puede detectar frentes de tormenta a 40 km de distancia), uno de monóxido de carbono, de humedad y temperatura, de presión, altitud y temperatura, de luz ultravioleta, un reloj de alta precisión y otros componentes secundarios. Una vez montado y subido el complejo código a la placa, ya tenemos una estación meteorológica que haría palidecer a las de la Aemet, por mucha menos pasta.

Vamos con la hidrosfera. Comenzamos por una estación de monitorización de la calidad del agua. La placa es la Arduino UNO, que suele venir por defecto en los kits. Los sensores son: combinado de temperatura y pH, de turbidez y un sensor ultrasónico, para medir distancias. También aparecen una pantalla, donde se muestran las mediciones, unos LED y un zumbador.

Monitoreando con Arduino (github)
Otro proyecto de monitorización es My River. Utiliza, al igual que el anterior, un sensor de pH, además de un original sensor de nivel del agua. Según su autor, no solo mide la acidificación del agua, sino también si existe crecida en el río, posiblemente provocada por algún vertido ilegal. Si hay contaminación, medida a partir de una modificación del pH junto a la susodicha una crecida, el LED del aparato se ilumina: lo hemos pillao con el carrito del helao.

Seguimos con la biosfera. ¿Nos apetece un sensor de movimiento para comprobar la presencia de animales, por ejemplo? Pues aquí lo tenemos. Consta de la placa Arduino UNO, una lámpara, una célula fotoeléctrica y un sensor pasivo de luz infrarroja. El sensor, siempre de noche, detecta un movimiento: la luz se enciende durante 10 segundos, deslumbrando al culpable y alertando al hábil inventor.

Para los amantes del fototrampeo tenemos este interesante proyecto. Consta de un sensor activo de infrarrojos, que detecta movimiento y envía la señal a la placa Arduino, disparando la cámara DSLR. La placa filtra la señal, evitando que, por ejemplo, la presencia de un pequeño insecto dispare la cámara accidentalmente.

Zorrillo pillado gracias a Arduino (instructables)
Terminamos con la pedosfera. El primer proyecto es un sencillo sensor de humedad con pantalla LCD. Se compone de la placa UNO y este sensor, que simplemente se pincha en el suelo y, por medición de la conductividad del suelo, nos ofrece la humedad en la pantalla. También podemos medir la temperatura del suelo con este proyecto. Utiliza un sensor de temperatura resistente al agua, similar a una pequeña sonda.

Para terminar con un cum laude, que está de moda, este interesante proyecto basado en un contador Geiger, por si a alguien se le ocurre la brillante idea de perseguir lodos contaminados, de esos que se escapan de vez en cuando. Un poco de radiactividad seguro que nos dará mucha energía, jeje.

Consta de un tubo Geiger alimentado por una fuente especial de 500 V, necesarios para que, en presencia de radiactividad, el tubo emita los pulsos por minuto necesarios para la lectura. Según las instrucciones del tubo, la ecuación sería pulsos/360=radiactividad (en microSievert/hora), mostrándose la lectura en la pantalla LCD.

Como un gramo de práctica vale más que una tonelada de teoría, vamos a montar un sencillo detector de gases basado en un sensor MQ-135, que detecta amoníaco, NOx, alcohol, benceno, humo y CO2, entre otros. Vamos a servirnos del montaje y código que aparece al final de este tutorial, en el apartado "Lectura Analógica".

Nuestro sensor de gases
Monto el sensor, cosa que no lleva más de cinco minutos. Enciendo el ordenador; abro el navegador en mi querido Linux y voy a la página Arduino Editor, donde pego el código que he encontrado en el tutorial. Lo mando a la placa mediante USB, con lo que se encienden unas cuantas lucecitas, parpadeantes. Le doy a la pestaña "Monitor", a la izquierda, y aparecen unos valores genéricos de voltaje y su correspondiente valor de concentración de gas. Evidentemente, para cada gas que queramos monitorizar hará falta una ecuación diferente que relacione el voltaje de salida del sensor con la concentración del mismo, mirando el prospecto de cada sensor. Pero bueno, tampoco es tan difícil para mentes preclaras como las nuestras. Yo, sin embargo, no voy a liarla más y me remito al código del tutorial, a ver qué sale.


Primero espiramos, por la boca, cerca del sensor. La lectura se desboca, valga la redundancia: el voltaje asciende y la concentración del dióxido de carbono también, según la relación matemática que hemos escrito en el código.

Hacemos la prueba con isopropanol, un alcohol orgánico que limpia lentes muy bien, al ser muy volátil. La lectura de voltaje vuelve a ascender aún más rápido, lo que indica que este sensor es más sensible al alcohol que al CO2. Pues funciona, oiga.

Ya tenemos un somero panorama de lo que se puede hacer con Arduino en relación con los estudios medioambientales. Hay más, mucho más, casi cualquier cosa que a uno se le ocurra, con mayor o menor dificultad. ¿Nos animamos? No estaría de más darle un buen zasca al bueno de Unamuno; seguramente tendría un mal día y no imaginó que, 110 años más tarde, muchos compatriotas pudieran inventar como lo hicieran en su día alemanes o americanos, y por dos duros. Y es que los tiempos cambian, don Miguel, y no siempre para mal...

viernes, 14 de septiembre de 2018

La magia del derrotero

Quizás el lector se pregunte a qué se refiere el autor cuando habla de un derrotero, y más como algo presuntamente mágico. La mejor manera de descifrarlo es acudiendo al diccionario de la Real Academia Española, esa institución que limpia, fija y da esplendor al idioma español desde 1713, y cuya finalidad es salvaguardar la lengua popular y la literaria. Pues bien, un derrotero es un libro de derrotas. Pero no un catálogo de descalabros, reveses y pérdidas históricas, como puede sugerir, sino de derrotas náuticas, que no son otra cosa que líneas señaladas en la carta de marear para el gobierno de los pilotos en los viajes.

En la estantería me llama la atención un grueso volumen de lomo azul marino, que el autor adquirió antes de examinarse para el título de Patrón de Embarcaciones de Recreo, por eso de alcanzar la inspiración necesaria para tal lid. Es el Derrotero 3 (Tomo I) de las Costas del Mediterráneo, edición de 1998, publicado por el Instituto Hidrográfico de la Marina, en Cádiz.

Vamos a efectuar un viaje marítimo-mental acompañados por este derrotero, como haría, en realidad, cualquier marino que se jacte de ello. Antes de nada, una obligatoria advertencia: si por esta bitácora recalara algún Almirante de la Marina, Alférez de Fragata, Marinero raso o avezado lector de Arturo Pérez-Reverte, que tenga en cuenta que el que suscribe no es más que un grumetillo con ínfulas, de esos que, en caso de irse el barco a pique, saldrían de él antes que las ratas. Discúlpeme pues los posibles errores con la jerga marinera, que es compleja aunque apasionante.

Carta náutica, o de marear, de la costa mediterránea española, para ir siguiendo nuestro viaje.

Nos espera nuestra embarcación, al amanecer, en la pequeña playa frente al castillo de San Felipe, en la pequeña pedanía almeriense de Los Escullos, en pleno Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar, verdaderamente merecedor de visita. Desde allí costearemos hacia el norte-noreste, para atracar en un punto donde el patrón estime que la longitud del post ya ha sido suficiente o bien haya caído la noche, lo que llegue primero. Como banda sonora de fondo, por qué no las mejores canciones para navegar, según los navegantes.

Antes de partir, con el castillo a nuestra espalda, nos fijamos en esa protuberante cornisa blanquecina a babor, donde rompen las olas: es la duna oolítica de Los Escullos,  formada por la aglomeración de pequeños "huevos" de carbonato cálcico, oolitos, en cuyo interior se acomodan diminutos granos de arena. La geología no da más que inesperadas sorpresas para el que sepa apreciarla.

Partimos del fondeadero entre el castillo de San Felipe, al fondo, y la duna oolítica, en primer término (La Gaceta de Gea)
Salimos del fondeadero de Los Escullos, bien abrigado de los vientos de O y SO, siempre que no sean atemporalados, para enfilar la Isleta del Moro, un blanco pueblo de pescadores con cierto aire norteafricano y gran sabor marinero.

Vista de la costa desde el mar (Derrotero)
Más allá de la amura de babor se divisan los pelados cerros de Carrizalejo, de naturaleza volcánica como todo el entorno del Parque Natural. Doblamos la punta del Barranco del Negro para enfilar el puntazo de Piedra Negra y la punta de la Polacra, siempre teniendo a babor una sucesión de cerros pelados y hostiles. Según nuestro derrotero, la punta de la Polacra se llama así porque tiene a su pie una roca emergente, una chimenea litoral resto del hundimiento de un arco rocoso, que parece una polacra navegando a vela. No sorprende que en los alrededores de la punta haya varios pecios, restos de naufragios descansando a unos 5 metros de profundidad, debido al peligroso acantilado y los bajíos que podrían formarse por la caída de rocas erosionadas. El buceo por aquí debe ser fascinante.

Sobre el cortado cerro que se eleva encima de nosotros se encuentra la torre de los Lobos y, sobre ella, la luz de punta de la Polacra, el faro más elevado de España, a 280 metros sobre el nivel del mar.

Faro de la Polacra, inabarcables vistas (Blog Faros Ibéricos)
El derrotero nos avisa: hay que llevar el Libro de Faros para poder leerlos correctamente. Como se nos ha olvidado en la guantera diremos que su alcance es de 14 millas náuticas y su característica es de grupos de tres destellos de luz blanca.

Llegamos a punta del Bergantín, separada de la punta de la Polacra por la calita del Bergantín, virgen y de muy difícil acceso debido a su costa alta, tajada y quebrada, todo un refugio de piratas. Al doblar la punta nos encontramos la ensenada de las Negras y el tremendo playazo de Rodalquilar, flanqueado por la batería de San Ramón, en la orilla N y, a una milla, la torre de los Alumbres, denominada así en honor del alumbre, un sulfato de potasio y aluminio hidratado. Por cierto, al O del playazo tenemos las ruinas de las minas auríferas de Rodalquilar, muy pintorescas al caer el sol. Es evidente que nos encontramos en una zona abundante en minerales.

Tanques lavadores en las ruinas de las minas de Rodalquilar (La Gaceta de Gea)
Más allá aparecen la caleta del Cuervo y la playa de las Negras, además del bonito pueblo homónimo. Desde este punto se divisa un sendero, a media ladera, que comunica el pueblo con la cala de San Pedro -que es un buen desembarcadero-, el castillo de San Pedro y algunas casas y cortijos blancos, todo rodeado de terrenos montuosos y altos peñascos tajados.

El castillo de San Pedro y el fondeadero homónimo (La Gaceta de Gea)

Según el derrotero en este punto es posible fondear, ya que ofrece abrigo a todos los vientos del cuarto, tercer y primer cuadrante. Sin embargo, nos advierte que el mejor sitio de fondeo para encontrar abrigo del lebeche frescachón es al socaire del cerro de la Molata, al S de la playa de las Negras, pues bajan por estas quebradas rachas fuertes y remolinos muy molestos.

Como ya es la hora de comer, echamos el rezón frente a esta espectacular cala para apretarnos unas patatas en ajopollo seguidas de unos gurullos de Níjar, rematando la faena con una leche frita, estrellas de la gastronomía de Almería. Semejante lujo pide una buena siesta en la bañera de popa, con sus múltiples ventajas para la salud.

Ya recuperados de la pingüe pitanza, doblamos punta Javana para encontranos con el islote de San Pedro, donde se forma un freu, un estrecho entre dicho islote y tierra firme, algo sucio pero en cuya medianía hay 3 metros de agua. Atravesamos el freu con las debidas precauciones para llegar a la ensenada y cala de Agua Amarga, útiles sólo para pescadores y embarcaciones menores. A media milla de la playa y sobre la tajada cordillera, se divisan las ruinas de un antiguo cargadero de mineral.

El cargadero de mineral de Agua Amarga (La Gaceta de Gea)
Algo al N se aprecia la cumbre llana de un escabroso promontorio, cuya parte más saliente es la punta de la Media Naranja, acantilada y hondable: nos referimos a la Mesa de Roldán, con su torre ruinosa, escenario de incursiones de piratas berberiscos, y el faro que la acompaña, con un alcance de 23 millas y grupos de cuatro destellos de luz blanca.

Más allá de este punto nos adentramos, tras dejar atrás las increíbles playas de los Muertos, Torre Vieja, Martinicas y de Carboneras y el emisario submarino, nos adentramos en la industrial Carboneras, con sus puertos privados de Hornos Ibéricos y Pucarsa, dedicados a la carga de cemento, yeso, clinker y carbón a través de cargaderos móviles y fijos con cintas transportadoras. Después, una piscifactoría y el puerto pesquero de Carboneras.

Aunque ya va atardeciendo y el fondeadero de Carboneras es de arena limpia y está abrigado de los vientos del O y SO, no me acaba de convencer el lugar, prefiero algo más salvaje y prístino. A ver si lo encontramos. Vamos a ganar arrancada, en cristiano darle caña al barco; a babor, un blanquísimo Carboneras contrasta con las oscuras lomas que lo circundan.

Pasamos por el freu entre el blanco pueblo de Carboneras y el islote de San Andrés, para enfilar a la punta del Rayo. La doblamos y nos topamos con el, probablemente, mayor monumento patrio a la codicia empresarial unida al analfabetismo y trinconeo de las autoridades locales y autonómicas: el indescriptible hotel del Algarrobico. "¿Qué coño sigue haciendo esta mierda aquí?", me pregunto desolado. "Quizás la Junta de Andalucía está esperando a que las nieves del tiempo hagan de las suyas", me contesto decididamente esperanzado.

Aunque parezca mentira, este bodrio aún sigue existiendo (2012, La Gaceta de Gea)
Asqueado aparto la vista, no sea que me suba la bilirrubina, para dirigirnos hacia Mojácar, dejando a babor una sucesión de cerros hirsutos con pequeñas playas, como la del Sombrerico, y diminutas cortijadas, cuyas luces titilan bajo la tenue y azulada luz del anochecer. Rozamos el curioso castillo de Macenas; ya se atisban los primeros síntomas de un pueblo turístico: urbanizaciones, mejores y peores, y el clásico poblamiento diseminado andaluz.

Llegamos cómodamente al espigón del Cantal, que es poco saliente y de piedra, para llegar a las urbanizaciones costeras del municipio de Mojácar, cuyo asentamiento principal, de aspecto árabe, ocupa la cumbre de un alto cerro, rodeado de huertas regadas por buenas y abundantes aguas. Una sucesión de hoteles nos da la bienvenida: esto no es Benidorm, la presión turística es aún tolerable en el agradable paseo marítimo, dotado de las palmeritas de rigor y la larguísima e idílica playa.

Miro el derrotero buscando un buen fondeadero o atraque: me informa que en Mojácar está el fondeadero de Marina de las Torres, abierto a los vientos del primer y segundo cuadrante. Lo mejor es ir al seguro puerto de Garrucha, que dispone de todos los servicios básicos. Llamo a puerto por el canal 9 VHF; tenemos atraque.

Enfilamos al faro de Garrucha; a babor diviso una agradable sorpresa: el Parador Nacional de Mojácar. Pues allá que voy, porque a uno le gusta la buena vida, y más si es gratis por imaginada. Tras el faro, el castillo de Jesús Nazareno, una defensa contra los piratas norteafricanos. Entramos en puerto, el derrotero informa que no hace falta practicaje. Amarramos y echamos el pie a tierra, con el acostumbrado mareíllo.

Ya en la terraza de la habitación del Parador, un suave y aromático terral me roza la cara; las luces de los barcos brillan tenuemente en la lejanía. Con una cerveza de Almería bien fría repaso mentalmente el periplo. El Mediterráneo tiene un encanto especial, quizás por todos los marineros, exploradores y buscavidas que lo han surcado y descrito a través de los siglos. Pero para disfrutarlo no hace falta ni estar allí, solo hay que dejarse llevar por la magia: la magia del derrotero.

Micropaisajes (I)

Hoy vamos a tratar el paisaje desde otra perspectiva, quizás algo peculiar pero a buen seguro interesante. Una especie de experimento, basad...